martes, 24 de mayo de 2016

CARTA A UNA AMIGA




Me considero afortunado al tener tu amistad, después de tantos altibajos y situaciones que han pretendido resquebrajarla irremediablemente. Me agrada compartir momentos a tu lado, y me gusta mucho que charlemos. Pero sabes que esto ya no se trata de una simple relación entre dos amigos que conversan acerca de trivialidades, o que de vez en cuando salen por ahí para informarse acerca de lo que ha sucedido en la vida del otro durante el tiempo que han estado separados. No; esto es algo que desde hace tiempo trasciende las fronteras de la amistad.

No es necesario repetir aquí lo que siento realmente por ti, pues estoy seguro que al mirarme recuerdas con amargura el día que me atreví a decirte la verdad, la cual pretendes ignorar porque en el fondo te incomoda. Para ti es más placentero y menos comprometedor pensar que aún soy el chico servicial, tierno y condescendiente que aprueba tus planes, tus risas, tus enojos, tus ocurrencias y tus locuras, sin esperar nada a cambio. Tus ojos no ven en mí al amante ardiente, al galán mundano que puede llenarte de besos apasionados cuando el deseo te lo exija, o al muchacho que es servicial, atento y detallista por motivos diferentes a los de pretender el “privilegiado” lugar del mejor amigo.

Por el contrario, cuando mis ojos se acercan a tu figura, lo último que pueden observar en ti es la apariencia de una amiga. Mi mirada anhela seducirte, atraparte y devorarte, para nunca más privarse de la maravilla que debe ser recibir un beso o una caricia tuya, donde el sentimiento del amor que una mujer puede sentir por un hombre esté por encima del de la simple amistad.

Mi corazón se acelera tan sólo con verte o escuchar tu voz, mas cuando las palabras que salen de tu boca son sólo evasivas a lo que sabes que siento, no queda otro remedio que resignarse y seguir fingiendo, como si yo fuera un actor en la comedia en la que yo mismo acepté participar, y que tú diriges sin saberlo. Nuevamente debo encarnar el papel del amigo incondicional, que jamás dice que no a lo que le propones, que cuida, que protege, que te hace sentir especial, pero que sólo tiene derecho a ser visto de la misma forma en la que se contempla a un hermano, a un defensor, a un benefactor cuya única meta en la vida es complacer y dar apoyo.

Y eso destruye el alma. Aún más cuando tienes idea del calvario que hay que enfrentar al querer ocultar un sentimiento que es tan evidente como la claridad del agua pura. Tú lo sabes; lo has sabido siempre, y sin embargo te ciegas a divisar el dolor que produce esta relación incompleta.
Mi estupidez no ha llegado a tanto como para enamorarme de ti. Hacerlo no está dentro de mis planes, pues soy consciente de que llegar a esos extremos sería destrozar mi corazón en un grado todavía mayor. Tampoco lo hago porque entiendo que nuestros intereses, costumbres, formas de vivir y personalidades son muy diferentes.

Tristemente, te conozco y sé que eres de las mujeres que se impresionan más por un par de músculos que por un cerebro inteligente. De las que prefieren una noche de fiesta y de interminables copas de alcohol a mirar al cielo y contemplar las estrellas, de las que pretenden encontrar un hombre que tenga la vida resuelta y que de paso resuelva la tuya, de las que por brindar un beso se aprovechan hasta el máximo del cariño de quien lo pretende.

Pero aunque sé todas esas cosas de ti, sigo aquí, a tu lado sin estarlo; esperando una llamada, un mensaje, una señal de vida. Porque sabes que con algo tan pequeño como eso, harás que te diga que sí a todo y me convencerás de ir a donde tú estás.

Saber que probablemente esta situación nunca cambiará, y que no serás capaz de transformar tu visión infantil de mí, es lo que me motiva a salir corriendo y alejarme, sin darme cuenta que una pesada cadena, esa que representa el inmenso cariño que tengo por ti, es lo que me impide mover las piernas para huir.

Christian David Silva

No hay comentarios:

Publicar un comentario