domingo, 10 de enero de 2016

MUJERES



Mujeres que no leen mensajes, que te reclaman cuando les pides perdón, que ignoran, que olvidan, que son orgullosas, que no son capaces de darte la razón cuando la tienes, que llevan el ego por las nubes, que no les gusta que las busquen, que traicionan, que besan a escondidas, que hieren, que no te llaman, que no se acuerdan de ti en las fechas especiales, que te desprecian, te evaden, te escupen, te hacen a un lado. Que cuando eres sincero con ellas se marchan, que te dejan de hablar mientras pensamos que no serían capaces de algo así, que no son detallistas, que viven para todo el mundo menos para ti, que te agregan a una red social y nunca te hablan, o que si lo hacen te bloquean al día siguiente. Que pretenden evadir el sexo, que te excitan y al final se marchan o se arrepienten, que odian a los inexpertos, que sueñan con amantes de erecciones poderosas y duraderas, que pretenden prescindir de una pareja, que no encuentran placer, que no hacen nada por proporcionarlo, que creen ser las mejores en la cama cuando apenas saben desnudarse con pudor, bañadas en litros de doble moral tan dura de remover como la grasa.

Mujeres con las que no tienes nada de qué hablar, a las que no le resultas interesante, que te ven solo como un amigo, como un hermano, como una “buena persona”, como el último ser con el cual querrían tener sexo, y que aunque supuestamente seas su amigo, ni siquiera te llaman o te mensajean para desearte una feliz navidad, un feliz año nuevo o un buen cumpleaños. Que te creen inferior, que se asquean al imaginarte desnudo, que se burlan de tu virilidad, de tu pensamiento, de tus gustos, de tu forma de hablar, de caminar, de vivir y de sentir. Mujeres que te creen pasado de moda, aburrido, obsesivo, celoso, encerrado en ti mismo y sin ningún interés por vivir.

Mujeres que se acuestan con cualquiera menos contigo. Que salen a bares, se visten con escotes pronunciados, bailan hasta el amanecer y nunca te invitan. Que se deslumbran con dinero, músculos, palabras gastadas, rosas compradas en una esquina, chocolates derretidos por el sol y automóviles. Que tratan a los hombres como basura cuando saben que morimos por ellas, que te humillan, te arrastran y tú solamente puedes masturbarte pensando en sus cuerpos, pues en la realidad ni siquiera te prestarían atención. Mujeres banales, coquetas, de la mano con idiotas que gastan sus ahorros y sus paupérrimos sueldos en comprarles felicidad, con tal de poder darles un beso, de que no pongan resistencia cuando les pagues un motel, preservativos y champaña que fingen no disfrutar. Mujeres deslumbradas por teléfonos móviles, ropa cara y comida barata; risueñas, superficiales, vanidosas, desagradecidas y de improvisado pudor que dejan a un lado cuando un buen rostro, una buena billetera y puñados de oro se colocan bajo sus pies. Esas mujeres abundan como plagas, como langostas arrasando cultivos, como aves de rapiña buscando presas, un cajero electrónico hecho de carne humana para sacar de ellos hasta el último centavo.

Sé que en algún lugar del mundo, en algún sitio olvidado, encerrada en una casa, viendo televisión o leyendo un libro se encuentra una mujer diferente a todas las anteriores. Creí haber encontrado a esa chica distinta e ideal alguna vez, pero siempre resulta que hasta la más tierna e inocente muchacha termina sacando las uñas en el primer disgusto y se convierte en una arpía que sólo busca verte herido; no con una espada, sino con su despreciable verborrea al principio… y al final, con su total indiferencia;  como si no existieras, como si sólo fueras un número o un signo en la máquina burocrática del Estado y no un ser que amó, lo dio todo y se ilusionó con una persona que no tiene cómo responder a ese sentir.


Si yo pudiera encontrar una mujer que saliera de todos esos estereotipos y me demostrara que hay una oportunidad de amar verdaderamente, sin doble moral, sin banalidades y de forma incondicional, dejaría de pensar que cada día que pasa y conozco a otra mujer, las voy odiando a todas un poco más.


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