miércoles, 27 de enero de 2016

¿DE QUÉ SIRVIÓ?




En las madrugadas siempre me invade el desespero y la depresión; los recuerdos se hacen imposibles de soportar en medio del silencio de mi habitación. Normalmente cuando esto sucede, intento con dificultad cerrar los ojos y dormir, mas el sueño no llega a mí. Entonces me pongo a escribir cosas como éstas, tratando de desatar los nudos de mi corazón a través de las palabras.

Y en esta madrugada me acuerdo de ella aunque no quiera. La curiosidad me invade, y como si fuera menos prohibido hacerlo a esta hora, como si no fuera igualmente perjudicial para mis sentidos perdidos, reviso la única red social a la que no tengo restricción de su parte y leo las frases que allí publica. Un dolor en el estómago, un dolor en mi vientre y una enorme decepción me ahogan al leer, y sin embargo no puedo dejar de hacerlo. Supongo que me he vuelto adicto al dolor de las palabras que nunca son para mí.

Entonces recuerdo todas las cosas que pasaron entre ella y yo. Probablemente insignificantes para su vanidad en comparación con lo que habrá vivido con otras personas; para mí, aquello fue lo único importante en mi vida, lo único que merecería ser narrado el día de mi muerte. 

Y luego recuerdo que escribí un libro para ti, que te entregué mis sueños, mi alma, mis sentidos, mis caricias, mis besos y mi ser. Finalmente me pregunto... ¿de qué sirvió dártelo todo? ¿Me gané acaso tu cariño o siquiera tu respeto? ¿Gané una entrada en tu corazón? ¿Gané algún beso, algún encuentro casual en un hotel contigo? ¿Algún premio por haber querido acompañarte y que tú de un portazo destrozaras una y diez mil veces mis ilusiones? Lo único que gané con mi obstinada actitud de amar a alguien que por mí no daría ni una décima parte de lo que di por ella, fue sufrimiento y pena. Gané desilusiones, un gran vacío que hoy perdura y que nada ni nadie llena, una profunda decepción con respecto a la gente, una completa apatía a la vida, a siquiera mirar por la ventana, a ver la gente pasar y a mezclarme entre las multitudes, porque siempre que veo a otro ser humano por la calle me convenzo que es más feliz que yo, que tiene amor, que es querido, que no le falta nada.

Sé que se puede ser feliz estando solo. Yo creo serlo, mas en las noches el deseo de sentirme querido, la falta de una caricia, de un beso y de recorrer una píel me hace escribir tonterías como estas. Y al ver que no hay nadie, que nada llena ese vacío que mujeres frías dejaron en mi ser, vuelvo a extrañar a la culpable de esta pena y me siento peor, pues sé que no volverá, que mientras yo le escribo párrafos interminables como éstos, ella ama a otro, vive por otro, se acuesta con otro, muere por otro y planea su futuro con otro, sin recordar que existo.

 ¿De qué sirvió dedicarle un libro y demostrarle de todas las formas que pasaron por mi cabeza el amor que despertó desde hace ya tanto tiempo? ¿O es que yo no sé amar realmente? No la conmueve haberla inmortalizado en la literatura, pero sí la enamora que le enseñen a conducir un automóvil. ¡Vaya! Por ironías inexplicables como esas, pienso que si nadie puede enamorarse de mí por mi físico, ni por mi forma de ser, ni por las cosas que hago, ni por lo que digo, ni por mis detalles, ni por mis virtudes o en algún caso excepcional por mis defectos, tendré que hacerme a la idea de quedarme solo eternamente.

No imagino mi vida dentro de diez años, ¿Seguiré tan solo como ahora? ¿Aún estaré pensando en ella? ¿Aún sufriré por cada frase que publique? ¿Cuando viaje al lado del hombre o la mujer que ame, se case, tenga hijos y su piel se vuelva ajada y reseca? No imagino cómo serán los últimos días de mi vida en soledad. No quiero quedarme solo. La soledad en este momento es soportable porque mis padres y mi familia me acompañan. Pero cuando ellos no estén, ¿qué será de mí? ¿Podré soportar toda una vida sin amor, sin sexo, sin una demostración de afecto, sin contacto personal ni físico con otro ser humano?

Veo ese libro y me dan ganas de quemarlo. No reniego de él, pues me ha dado alegrías inmensas, me ha proporcionado reconocimiento y ha permitido que conozca a personas que se identifican con lo que escribo. De quien reniego es de la persona que lo inspiró, de su poder para destruir mi alegría, de su capacidad para destrozar ilusiones, del control que ejerce sobre mí para que su felicidad y su amor por los demás me hiera. Siento que ha querido a todo el mundo, menos a mí, quien fue aquél que más necesitó y mereció su amor. 

La odio por no amarme, por dejarme vacío, por hacer de mis días y mis noches una tortura, porque al imaginarla en brazos de otro hombre me dan ganas de morir, de pegarme un tiro y acabar con este dolor en el pecho. 

Pero entonces el sueño viene hasta mí, me rescata de mis lúgubres pensamientos, y posterga el sufrimiento hasta otra noche en la que la curiosidad me invada, revise su red social y vuelva a aflorar mi deseo de morir.

Christian David Silva




domingo, 10 de enero de 2016

MUJERES



Mujeres que no leen mensajes, que te reclaman cuando les pides perdón, que ignoran, que olvidan, que son orgullosas, que no son capaces de darte la razón cuando la tienes, que llevan el ego por las nubes, que no les gusta que las busquen, que traicionan, que besan a escondidas, que hieren, que no te llaman, que no se acuerdan de ti en las fechas especiales, que te desprecian, te evaden, te escupen, te hacen a un lado. Que cuando eres sincero con ellas se marchan, que te dejan de hablar mientras pensamos que no serían capaces de algo así, que no son detallistas, que viven para todo el mundo menos para ti, que te agregan a una red social y nunca te hablan, o que si lo hacen te bloquean al día siguiente. Que pretenden evadir el sexo, que te excitan y al final se marchan o se arrepienten, que odian a los inexpertos, que sueñan con amantes de erecciones poderosas y duraderas, que pretenden prescindir de una pareja, que no encuentran placer, que no hacen nada por proporcionarlo, que creen ser las mejores en la cama cuando apenas saben desnudarse con pudor, bañadas en litros de doble moral tan dura de remover como la grasa.

Mujeres con las que no tienes nada de qué hablar, a las que no le resultas interesante, que te ven solo como un amigo, como un hermano, como una “buena persona”, como el último ser con el cual querrían tener sexo, y que aunque supuestamente seas su amigo, ni siquiera te llaman o te mensajean para desearte una feliz navidad, un feliz año nuevo o un buen cumpleaños. Que te creen inferior, que se asquean al imaginarte desnudo, que se burlan de tu virilidad, de tu pensamiento, de tus gustos, de tu forma de hablar, de caminar, de vivir y de sentir. Mujeres que te creen pasado de moda, aburrido, obsesivo, celoso, encerrado en ti mismo y sin ningún interés por vivir.

Mujeres que se acuestan con cualquiera menos contigo. Que salen a bares, se visten con escotes pronunciados, bailan hasta el amanecer y nunca te invitan. Que se deslumbran con dinero, músculos, palabras gastadas, rosas compradas en una esquina, chocolates derretidos por el sol y automóviles. Que tratan a los hombres como basura cuando saben que morimos por ellas, que te humillan, te arrastran y tú solamente puedes masturbarte pensando en sus cuerpos, pues en la realidad ni siquiera te prestarían atención. Mujeres banales, coquetas, de la mano con idiotas que gastan sus ahorros y sus paupérrimos sueldos en comprarles felicidad, con tal de poder darles un beso, de que no pongan resistencia cuando les pagues un motel, preservativos y champaña que fingen no disfrutar. Mujeres deslumbradas por teléfonos móviles, ropa cara y comida barata; risueñas, superficiales, vanidosas, desagradecidas y de improvisado pudor que dejan a un lado cuando un buen rostro, una buena billetera y puñados de oro se colocan bajo sus pies. Esas mujeres abundan como plagas, como langostas arrasando cultivos, como aves de rapiña buscando presas, un cajero electrónico hecho de carne humana para sacar de ellos hasta el último centavo.

Sé que en algún lugar del mundo, en algún sitio olvidado, encerrada en una casa, viendo televisión o leyendo un libro se encuentra una mujer diferente a todas las anteriores. Creí haber encontrado a esa chica distinta e ideal alguna vez, pero siempre resulta que hasta la más tierna e inocente muchacha termina sacando las uñas en el primer disgusto y se convierte en una arpía que sólo busca verte herido; no con una espada, sino con su despreciable verborrea al principio… y al final, con su total indiferencia;  como si no existieras, como si sólo fueras un número o un signo en la máquina burocrática del Estado y no un ser que amó, lo dio todo y se ilusionó con una persona que no tiene cómo responder a ese sentir.


Si yo pudiera encontrar una mujer que saliera de todos esos estereotipos y me demostrara que hay una oportunidad de amar verdaderamente, sin doble moral, sin banalidades y de forma incondicional, dejaría de pensar que cada día que pasa y conozco a otra mujer, las voy odiando a todas un poco más.